Fotografías de Ernesto Álvarez

Migrar en “bulla” para sentirse protegido

experiencias de acompañamiento y protección de dos adolescentes hondureños

PREÁMBULO 

Durante 2018 la región de Centroamérica, México y Estados Unidos vio con asombro la presencia de un fenómeno extraordinario, pero no nuevo: la aparición de lo que se ha conocido como las caravanas o éxodos migrantes. Es decir, la reunión de grandes grupos de personas, originarias principalmente de Honduras, El Salvador y Guatemala que, alentadas por distintas convocatorias, se reunieron para migrar juntas desde sus países a través de México y con la esperanza de llegar a la frontera sur de Estados Unidos. 

Hoy sabemos que las caravanas no empezaron en 2018, sino mucho antes, con las caravanas de madres que buscan a sus hijos migrantes desaparecidos y la organización del via crucis migrante desde el sur de México. Sabemos también que el origen de las grandes caravanas de 2018 y 2019, que llegaron a reunir a más de 7000 personas, se debe en buena medida a las políticas de criminalización y persecución de los migrantes desarrolladas en México durante el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto (2012-2018) bajo el Programa Frontera Sur. Las caravanas son una estrategia colectiva de visibilización, acompañamiento y protección frente al aumento en la peligrosidad y la violencia a lo largo del trayecto por México. Son una respuesta al riesgo, los obstáculos y las dificultades impuestos en el tránsito tanto por las autoridades como por pandillas, carteles del narcotráfico y otros actores criminales. 

Un rasgo sumamente importante de las primeras caravanas fue la presencia de grupos grandes de madres con bebés, así como de niñas, niños y adolescentes, que alcanzaron a representar hasta una tercera parte de las personas migrantes, la mayoría acompañados de ambos padres, o sólo de madres, padres o abuelas. En la caravana, estas madres, padres y cuidadoras pudieron encontrar y construir estrategias colectivas de ayuda, de cuidado y de acompañamiento que hicieron posible huir y ponerse a salvo, cumplir su derecho a migrar sin tener que romper sus familias y separarse de sus hijos. Las caravanas se convirtieron así no sólo en una posibilidad de migrar sin tener que arriesgar la vida, sino de hacerlo preservando el derecho humano de miles de niñas, niños y adolescentes a no quedarse atrás, a vivir con sus padres y tener una familia. 

Además de los contingentes con bebés, niñas y niños pequeños, venían en las caravanas múltiples grupos de adolescentes y jóvenes que migraban sin la compañía de un familiar adulto o un tutor. Para ellas y ellos la caravana también fue un espacio de seguridad y protección, así como de autonomía, de capacidad de acción y decisión, personal y colectiva, y de descubrimiento de la propia identidad. 

Balseros del Río Suchiate pasan bajo el puente Rodolfo Robles que está repleto de personas de la caravana migrante esperando el paso a territorio mexicano.

La Caravana

ruta de escape y estrategia de seguridad

Hasta el 13 de octubre de 2018, para Norman (los nombres utilizados son seudónimos para proteger la identidad de los adolescentes), un joven hondureño de 17 años, migrar hacia Estados Unidos había sido siempre una posibilidad que en ocasiones parecía atractiva, pero no necesariamente apremiante, pues sabía que era peligrosa en extremo. Su vida de adolescente de clase media en una familia de provincia en Honduras, donde tenía acceso a educación, tiempo libre con sus amigos y a comodidades que suelen estar fuera del alcance de la mayoría de los jóvenes, constituían un contrapeso a la idea de migrar y le permitían postergar la decisión. Sin embargo, un día tuvo que enfrentarse a las intimidaciones e intentos de reclutamiento de la mara que controla su barrio. 

Antes de la caravana sí había pensado salir, pero no estaba tan apresurado para venirme pues, estaba estudiando y todo, pero ya con eso que pasó ya no tuve de otra que pues dejar la escuela y venirme en la caravana.

Norman

Hermosillo, Sonora, enero de 2019.

A Norman lo habían ido a buscar ya varias veces a la escuela para forzarlo a introducir droga. Llegó a esta escuela pública unos meses antes, pero le había resultado imposible pasar inadvertido. Su condición de clase, su manera de hablar, su capital social y los conocimientos que llevaba al aula lo delataban. “A este güirro (muchacho) ya se le acabó la plata y vino a dar aquí, a la escuela de barrio”, decían sus compañeros. Los mareros lo siguieron cuando dejó la preparatoria pública para volver a la escuela privada, adonde asistía originalmente. Una tarde, lo sentenciaron cerca de allí. Si no estaba dispuesto a vender para ellos, entonces se tendría que unir a un grupo que robaba coches. Le avisaron que al día siguiente irían a buscarlo para “marcarlo” (tatuarlo). 

Los días previos al surgimiento de esta amenaza, Norman había oído incesantemente los anuncios de que se estaba formando una caravana de migrantes para cruzar hacia México y luego atravesar el país para alcanzar la frontera con Estados Unidos. Se oía en la radio, en la escuela y en voces de los vecinos y, sobre todo, el mensaje era omnipresente en las redes sociales: Facebook y grupos de amigos en WhatsApp. Todos en su entorno hablaban de eso. Algunos de sus compañeros habían incluso cambiado sus perfiles en redes sociales para anunciar que se marchaban con la caravana que saldría en los días siguientes. Otros ya ni siquiera habían completado el proceso de inscripción en la escuela y esa semana no asistieron a clases. Recuerda haber percibido un cierto aire de urgencia y euforia en el ambiente. 

El día que le avisaron que lo marcarían para unirse a la mara, Norman entró a su casa, tomó una mochila, guardó un par de mudas de ropa, una gorra, sus dos celulares, audífonos, una batería de respaldo y otras pertenencias. Le avisó a su papá que iría a visitar a su madre, que estaba en una ciudad vecina cuidando de su abuela, y le pidió dinero con el pretexto de entregárselo. En casa le preguntaron a qué hora volvería y él respondió que no tardaría. En vez de dirigirse a casa de su abuela, Norman fue hacia la Gran Central Metropolitana de San Pedro Sula. “En el camino yo veía señoras que entraban a sus casas, apagaban todo, cerraban y se salían con su maleta y sus hijos de la mano”, relata. Cuando llegó a la central, le impresionó la cantidad de personas allí reunidas. El ambiente de júbilo y de expectativa era tangible. Esa misma madrugada la caravana de migrantes centroamericanos partió de San Pedro Sula con dirección a la frontera entre Guatemala y México. 

 Tijuana Baja California Norte. Emiliano juega con una bandera estadounidense amarrada a su patín del diablo.

Dos años antes, en la zona costera de Omoa Cortés, Honduras, Edilson dejó su casa para salvar su vida y se dirigió hacia la frontera con Guatemala. Fue el mismo día que miembros de la mara que querían saldar cuentas con su hermano, entonces de 17 años, mataron a su papá. Edilson tenía 13 años. Durante casi dos años se escondió con su hermano mayor en Guatemala, trabajando en todos los oficios que pudo encontrar: carpintero, herrero, cargador en el mercado, panadero y pescador. Cuando hacia finales de 2018 supo de las noticias de que la caravana migrante ya estaba en Ciudad de Guatemala y avanzaba hacia la frontera con México, ellos tenían ya un par de meses temiendo que las maras estaban cerca de encontrarlos. Los habían visto en el barrio donde vivían y rondando sus lugares de trabajo. No lo pensaron mucho; unirse a la caravana era la única forma de cruzar a México sin que los identificaran los miembros de la pandilla que vigilan las fronteras en Centroamérica. Al día siguiente, abordaron un autobús para alcanzar a la caravana que ya se aproximaba a la frontera entre Guatemala y México. Dos semanas después de que se unieron al éxodo migrante, su hermano, a quien habían amenazado inicialmente y que había retornado a Omoa a los 19 años, fue atacado por la mara; recibió seis balazos que estuvieron a punto de acabar con su vida, perdió un riñón y la movilidad parcial de una pierna.

Sin conocerse, sin saber que compartían la misma experiencia del éxodo y que más adelante se convertirían en compañeros de una intensa experiencia en la que habrían de conjugarse la violencia de la detención y los incipientes esfuerzos institucionales por proteger a niños, niñas y adolescentes migrantes en México, Norman y Edilson viajaron durante varias semanas con la caravana de alrededor de 3000 personas que ingresó a México por la frontera sur el 19 de octubre de 2018.

CAMINAR JUNTOS

Encuentro, solidaridad y colaboración

 Tijuana, Baja California Norte.  Hombre con su  hija  en el éxodo centroamericano se acercan para recibir donaciones de vecinos solidarios.

A pesar de viajar en la misma caravana y haber transitado por los mismos lugares, las experiencias de Norman y Edilson fueron muy distintas. Norman, de mayor edad, proveniente de un contexto de clase media, dueño de una personalidad extrovertida y muy seguro de sí mismo, tenía una impresionante red de contactos en Honduras, México y Estados Unidos, así como una hábil estrategia de comunicación en redes sociales que manejaba desde dos celulares. Esto le permitió estar en contacto permanente con su familia, sentirse acompañado, compartir las novedades del viaje y “postear” fotografías de los lugares que visitaba. 

Desde la perspectiva de Norman, el trayecto no tenía por qué ser un acontecimiento difícil o lleno de sufrimiento; el viaje en grupo permitía que hubiera diversión, charlas, espacios de confianza para desahogar angustias, recibir consejos y apoyo. En cada ciudad, pero especialmente en la Ciudad de México, él y su grupo de amigos encontraron la posibilidad de visitar y conocer sitios turísticos junto con un grupo de jóvenes activistas y comunicadores de medios alternativos. Fueron muchas y variadas las selfies y fotos para Instagram. Pudo olvidar que venía migrando y huyendo, y disfrutó el viaje también como un tránsito de aprendizaje y gozo. 

Fueron constantes las charlas con amigos de su edad en las redes sociales, y un elemento vital del recorrido para construir la fortaleza psicológica que le permitiría continuar y construir una estrategia de movilidad. Sus amigos en Honduras lo interrogaban constantemente sobre los pormenores del viaje, sobre la dificultad de caminar tantos kilómetros y cómo resolver las necesidades de alimentación, hospedaje y demás. Norman les compartía con gusto su experiencia, les daba ánimos para unirse a las siguientes caravanas y les comunicaba todas las estrategias aprendidas. Al mismo tiempo, sus amigos que ya vivían en Estados Unidos lo animaban en los momentos más difíciles, diciéndole que todas las dificultades encontradas en el camino al final valdrían la pena, cuando ya se encontrara al otro lado de la frontera. Le contaban de su propia experiencia al cruzar el muro y le daban consejos sobre qué decir al entregarse a los agentes migratorios en Estados Unidos y solicitar refugio. Las conversaciones sobre qué decir y qué no decir en las entrevistas con los oficiales de migración y cómo sostener una sola versión de su “historia” a lo largo del proceso eran frecuentes y Norman tenía una interesante variedad de ejemplos. Amigos y primos en ambos países seguían su recorrido casi como si se tratara de un reality show, y Norman “posteaba” actualizaciones todos los días con los acontecimientos más importantes del recorrido. 

 Tijuana, Baja California Norte. Niño recolecta alimentos que entregan vecinos solidarios a miembros del éxodo centroamericano.

Lejos de ser un comportamiento trivial, esta estrategia de presencia y comunicación a través de las redes fue fundamental para su preparación psicológica, obtener consejos prácticos, enterarse de distintas posibilidades en caso de que su plan original de llegar a la frontera y solicitar asilo en la garita llegase a fracasar y, en general, para tener una idea más clara de lo que estaba por venir. Fue gracias a un celular que logró mantener oculto que Norman se comunicó inmediatamente después de su detención a través de las mismas redes sociales para dar aviso al grupo de jóvenes activistas que había conocido en la Ciudad de México. Éstos a su vez se movilizaron de inmediato para contactarse con colegas de la academia y otros grupos de jóvenes defensores de derechos humanos para intentar frenar su deportación.

Edilson, por su parte, provenía de un contexto totalmente distinto en una zona rural y de alta marginación en Honduras. Considerablemente más joven, tímido e inexperto, con menos capital social y redes de apoyo, sin celular propio ni otro medio de comunicación, dependía casi totalmente de su hermano mayor para obtener información, planificar y construir cualquier estrategia futura. Por ello, su aprehensión y la separación de su hermano mayor en la ciudad de Tijuana fue un duro golpe que lo dejó inseguro y atemorizado. Cuando llegó a las instalaciones del Instituto Nacional de Migración (INM) en Hermosillo después de un viaje de más de diez horas en la “perrera” (nombre que dan las personas migrantes a los vehículos del INM), en las que apenas probó comida y no le permitieron siquiera ir al baño, a los oficiales no les costó mucho lograr que firmara su orden de deportación. 

La comunicación con su familia y redes de ayuda era para él una tarea mucho más difícil, pues en su comunidad de origen, un barrio de pescadores en la periferia rural de Omoa, el acceso a internet y a las redes sociales era mucho más limitado. Su encuentro con Norman en el albergue gubernamental fue lo que le posibilitó tener también contacto con las redes de activistas y defensores. 

Compañeros en el camino

«En mis nuevos amigos encontré fuerzas para seguir»

Al relatar su experiencia como parte de la caravana migrante, Norman y Edilson recordaron una sensación de protección, anonimato y acompañamiento. La posibilidad de una migración colectiva había sido crucial como detonador de la decisión de emprender el viaje. Para Norman, que estaba a unos meses de cumplir 18 años y no tenía ninguna experiencia previa de movilidad, la caravana representaba una oportunidad única para intentar llegar a la frontera y tener así mejores posibilidades de obtener la condición de refugiado como “menor no acompañado” en los Estados Unidos. Cuando los primeros amigos que conoció durante el trayecto empezaron a cambiar de opinión y algunos decidieron no continuar el viaje, el hecho de venir en caravana le dio los ánimos necesarios para entablar nuevas amistades, sentirse seguro y poder continuar. 

Hice un montón de amigos. Cuando nos montábamos a los camiones veníamos platicando y ya al siguiente lugar donde la caravana paraba nos encontrábamos para ir a pasear con mis amigos de Costa Rica, de Guatemala, de México y como tres de Colombia. 

Norman, Hermosillo, Sonora enero de 2019.

Tepotzotlán, Edo de México. una niña descalza entre varios pies de migrantes que salen del camión de carga que los transportará  de jalón.

Norman recuerda con particular júbilo la estancia en el albergue Jesús Martínez “Palillo” de la Ciudad de México, pues allí permanecieron la mayor cantidad de días y le fue posible profundizar los lazos de amistad con un grupo de adolescentes de otras nacionalidades y edades para aventurarse a conocer la ciudad y visitar múltiples sitios turísticos. En el caso de Edilson, que hizo el trayecto desde Guatemala hasta Tijuana acompañado de su hermano de 24 años, la caravana también fue una oportunidad para conocer amigos de su edad y ciudades que “nunca había visto”. No obstante, la verdadera sensación de seguridad para él provenía de poder viajar acompañado de su hermano de 24 años. Por eso, cuando agentes del inm lo detuvieron en Tijuana, separándolos, la sensación de vulnerabilidad e inseguridad fue súbita y extrema. Además, para Edilson la experiencia de la caravana no había sido idílica, porque se convirtió también en el contexto en el que por primera vez se sintió “migrante”; cuando la caravana entró a la región fronteriza de Chiapas, en el sur de México, fue testigo y receptor de reacciones de rechazo de algunos habitantes de los lugares por los que transitaba: 

Para mi [ser] migrante es como ser un despreciado. Porque algunos lo desprecian a uno sólo por ser migrante. Sólo porque uno viene migrando te dicen “qué anda haciendo éste aquí”. Porque así me lo han dicho. A mí así me han dicho en Pijijiapan, en Ixtepec. Empecé a sentir eso cuando llegué a México. Es que yo estaba en la calle y sólo porque hablé como soy, hondureño, me dijeron que qué andaba haciendo aquí, que mejor me fuera a mi país.

Edison, Hermosillo, Sonora enero de 2019.

Norman recuerda con particular júbilo la estancia en el albergue Jesús Martínez “Palillo” de la Ciudad de México, pues allí permanecieron la mayor cantidad de días y le fue posible profundizar los lazos de amistad con un grupo de adolescentes de otras nacionalidades y edades para aventurarse a conocer la ciudad y visitar múltiples sitios turísticos. En el caso de Edilson, que hizo el trayecto desde Guatemala hasta Tijuana acompañado de su hermano de 24 años, la caravana también fue una oportunidad para conocer amigos de su edad y ciudades que “nunca había visto”. No obstante, la verdadera sensación de seguridad para él provenía de poder viajar acompañado de su hermano de 24 años. Por eso, cuando agentes del inm lo detuvieron en Tijuana, separándolos, la sensación de vulnerabilidad e inseguridad fue súbita y extrema. Además, para Edilson la experiencia de la caravana no había sido idílica, porque se convirtió también en el contexto en el que por primera vez se sintió “migrante”; cuando la caravana entró a la región fronteriza de Chiapas, en el sur de México, fue testigo y receptor de reacciones de rechazo de algunos habitantes de los lugares por los que transitaba: 

Tapachula, Chiapas.  Menor que viaja solo en el éxodo centroamericano encuentra un lugar para dormir en la plaza Miguel Hidalgo.

Yo sí sufrí en la caravana, oiga. Tuve que aguantar hambre, frío, sed, horas sin dormir. De Jalisco hasta Sonora y de Sonora hasta Tijuana son tres días de camión, y sin comer. Apenas una botella de agua traía. No traíamos nada de dinero y nos tocó aguantar hasta que llegamos a Tijuana y ahí nos dieron comida. ¡ N’ombre!, ahí se sentía el hambre, para no sentirla tanto, mejor me dormía en el bus. No nos tocó comida, iban de un solo golpe los buses, no nos tocó comer. Ya nos habíamos gastado todo el dinero que traíamos, yo no aguantaba ya. 

Edison, Hermosillo, Sonora enero de 2019.

abusos de controles migratorios

Detención y resistencia a la deportación

Tijuana, Baja California Norte. Niño del éxodo centroamericano intenta ver que hay detrás del cordón de  policías federales para impedir el paso a la garita de San Isidro.

Norman fue detenido por las autoridades migratorias en el noroeste de México cuando interceptaron varios autobuses de la caravana en Sonora. Él se defendió y denunció un proceso de detención violento, con abuso de fuerza y golpes. Cuando ya estaban bajo el resguardo de las autoridades del INM, Norman y Edilson sufrieron constantes presiones e intimidaciones, incluso de la Oficial de Protección de la Infancia (OPI) que debería de haberlos reconfortado y protegido. Ambos denunciaron que la OPI los reprendía y presionaba para lograr que firmaran su deportación y que desistieran de toda intención de solicitar refugio.

Tijuana Baja California Norte. Un joven del éxodo centroamericano sube el muro fronterizo en playas de Tijuana.

Cuando nos bajaron del bus no nos bajaron de una manera correcta, sino que nos bajaron diciéndonos catrachos, hijos de pu…, que bájense, y nos golpearon. Yo me sentí mal en realidad porque a los que venían conmigo los golpearon bastante. A mi no me golpearon porque yo les dije que era menor de edad y que estaba filmando, que no me tocaran porque iban a tener problemas. De ahí, cuando llegamos a migración, que nos tenían encerrados [sic], me sentí mal porque a cada ratito me estaban mandando a llamar para que firmara la deportación y yo les decía que no. Una mujer de migración me dijo que si no pensaba firmar eso, me iba a quedar encerrado allí quién sabe cuánto tiempo. Yo le dije que sí, porque ya sabía que la cosa iba a ser así, que lo hacían para intimidarme. 

Cuando estábamos en migración ahí nos tenían en un cuarto, ahí tenían los colchones y ahí estábamos todos, y sólo salíamos a un cuarto a comer y ya nos volvían a meter al cuarto. Ahí estábamos encerrados. No me dijeron mis derechos, pero gracias a dios tengo unos amigos que son periodistas de la Ciudad de México y yo había conversado con ellos y ellos me habían explicado todo eso y por eso es que ya venía algo informado. Porque si no, sí me hubieran intimidado en migración y hubiera firmado la deportación. Pero no, en migración no nos explicaron nada de eso, que teníamos derecho a refugio ni nada de eso. Sólo firmen la deportación. 

[El día que] me llevaron al albergue [para menores de edad] sólo me dijeron que agarrara mis cosas, y yo les pregunté que pa’ dónde me llevaban y no me dijeron nada. Sólo me treparon a la perrera y ya de ahí fue cuando miré que me llevaban para el lugar de menores. En el albergue me recibieron bien, todo el personal estaba afuera, me abrazaron, me preguntaron el nombre, me fueron a enseñar las instalaciones, me dieron de todo, la cama, después me dieron comida. Ahí me sentí bien. Había una muchacha ahí que sí me explicó todo, que uno podía pedir refugio porque era menor de edad, pero que sí tardaba un buen el proceso, pero que no sabía cuánto tiempo porque nunca habían tenido un caso así porque los que llegaban de migración ya llegaban con la deportación firmada. Ya sólo iban allí mientras salía el vuelo de ellos, pero sí me explicaron bastante, y un psicólogo también nos iba a explicar todo eso. Nos tenían un psicólogo siempre a las 5 de la tarde, nos explicaba de todos los peligros de migrar y eso. Sí nos sentíamos bien allí. 

Pero seguido los de migración llegaban a intimidarnos. Yo había hecho para pedir refugio pues para ganar tiempo, para que no me deportaran, porque a mí y a mi amiga ya nos habían comprado el boleto para regresarnos a Honduras sin que nosotros firmáramos ninguna deportación. Entonces un día sábado llegaron los de migración y nos dijeron: “El lunes se van a ir todos para su país”, y cuando miramos que el lunes ya llegaron a traerlos a todos y nos dijeron: “¡Y ustedes qué piensan!, ¿y sus maletas?”, yo les dije que no me iba a ir. “¿Pero por qué si ya tienes el boleto?”, me dijeron. Entonces yo le dije: a mí no me va a gritar porque yo no firmé ninguna deportación y no tenía por qué comprar el boleto. Entonces me llamaron a mí y a mi amiga y nos metieron en una oficina y llamaron al consulado de Honduras y el hombre del consulado nos regañó, dijo que éramos unos malcriados. 

La persona de migración llegaba a decirnos que el refugio era una cosa seria, que no nos podíamos arrepentir, pero pues nosotros [lo hicimos] para ganar tiempo, porque no queríamos que nos regresaran. Pero un día mi amiga me propuso que mejor sí nos regresaran a Honduras, y que al llegar nos regresáramos rápido de vuelta, entonces fue allí cuando dijimos que sí, que mejor cancelábamos el refugio para hacer eso. Pero cuando les dijimos eso, los de migración nos dijeron que aunque canceláramos el trámite nos iban a regresar a Honduras hasta dentro de dos meses y medio porque los boletos estaban muy caros ahorita. Entonces nos llevaron al albergue y la mujer de migración llegó de nuevo con unos papeles para que los firmáramos y para mandarlos a la COMAR, y entonces nos regañó porque nos dijo de una manera bien brusca que ella nomás estaba perdiendo su tiempo con nosotros. Entonces yo le dije que si perder su tiempo era pues el trabajo, que para qué trabajaba entonces. Y ahí pues más se enojó conmigo porque yo le respondía. Pero a mi no me gustaba la manera en que nos decía las cosas. Y de ahí agarró los papeles bien enojada y se fue, pero al siguiente día ya teníamos planeado con mi amiga escaparnos. Pedimos el refugio para ganar tiempo y poder escaparnos y alcanzar a la caravana. 

Norman, Hermosillo, Sonora enero de 2019.

La experiencia de detención de Edilson fue distinta a la de Norman. Edilson fue detenido el 25 de noviembre en la ciudad de Tijuana, el día en que un grupo nutrido de integrantes de la caravana, que se había trasladado a la garita de El Chaparral para hacer llegar sus demandas de protección internacional, fue confrontado y agredido por las autoridades mexicanas y oficiales de la Border Patrol, que habían establecido un cerco.

Tijuana Baja California Norte. Familia corre de los gases disparados  por agentes de USBP contra la manifestación del éxodo centroamericano en México que exigía libre tránsito y su derecho a refugio.

Yo ya estaba en Tijuana, yo ya había llegado allá, pero un día nos habíamos separado de la caravana con mi hermano. Nos pidieron papeles y como no traíamos, nos llevaron. Entonces nos dicen [personal del INM]: 

—Pues ya van deportados —¡y nosotros decepcionados de tanto que habíamos sufrido! Habíamos sufrido, frío, hambre y calor. A mí me dice el de migración:

—¿Vos no venís con tu madre?” —y le digo que no. 

—Ah, entonces te vas a ir para Hermosillo —me dice. 

Entonces me trajeron para acá en una de esas perreras. No me dieron comida, ni agua, ni dejaron que «miara» [sic] yo. Aguantándome las ganas de mear ahí en migración. Aguanté como doce horas. Aguanté hambre y sed, ¡y vaya calor que estaba haciendo en esa camioneta! Vine a comer y me dieron un poquito de agua. Yo les dije: 

—¿Por qué me separaron de mi hermano?

—Porque no venís con tu madre, —me dijeron. 

—Pero [mi hermano] era mi familia —le dije yo. 

—¿Y dónde está él ahorita? —me preguntaron. 

—Pues está en Tijuana. ¿Por qué me separaron de él? 

—Pues ya te vamos a enviar para un albergue —me dijeron los de migración. 

Sí me enviaron para allá al siguiente día, sí me recibieron bien las muchachas. Hasta el siguiente día comí ahí, me dieron de comer y agua. Entonces ahí me hicieron una entrevista y todo. Al siguiente día llegó la muchacha de migración y me la dio, me dice: 

—Firmá aquí —Entonces bien maleada conmigo, me dijo: —Firmá aquí, que no tengo tu tiempo. 

Entonces yo con miedo porque no sabía lo que estaba firmando, no me dejaba leer. 

—No, no leás —me dijo. 

—Firmá eso ligero. 

—¿Qué es? 

—Una deportación. Firmá ligero —me decía. 

Entonces yo firmé. Ya a la semana me dijeron que tenía que esperar meses ahí metido, como que fuera uno delincuente que tiene que estar ahí metido. Ni a la calle lo dejan salir a uno, ni respirar aunque sea poquito aire. Se sentía malo uno, bien feo de estar encerrado. Bien deprimido se siente uno de estar encerrado ahí. Entonces decidí escaparme porque no podía estar ahí dos meses sólo para que me deportaran. Al fin no me explicaron nada de eso, sólo me dijeron: 

—¡Firmá la deportación!

 No me explicaron nada, si podía pedir refugio o algo. Primero me dijeron que en 15 días me iban a deportar y después me dijeron que en dos meses. Yo no podía estar tanto tiempo ahí.

Edison, Hermosillo, Sonora enero de 2019.

Tijuana Baja California Norte. Fernando con un autobús de juguete frente al albergue Benito Juárez de la Zona Norte.

Frente a la frustración de sentirse encerrados, sin acceso a la información y los recursos que los jóvenes con los que habían estado en contacto podrían ofrecerles, y ante la imposibilidad de encontrar otra forma de resolver su deportación, Norman y Edilson decidieron escapar del albergue. Planearon una estrategia que implicaba acudir a la iglesia más cercana por si acaso se separaban en el trayecto. Se fugaron juntos una noche que había poca vigilancia. Lo que siguió después fue una intensa experiencia de defensa de su derecho a migrar por académicas y activistas, que no hubiera sido posible sin la solidaridad de varias familias que les brindaron santuario en las horas inmediatas a su fuga y durante las varias semanas que duró su proceso de defensa. 

Después de varias semanas de intenso cabildeo y negociación con autoridades locales y nacionales, el se logró evitar su deportación y establecer un acompañamiento para que ambos pudieran llegar hasta la frontera y presentarse ante las autoridades migratorias de Estados Unidos en la garita de Nogales, en el límite de Sonora y Arizona. Luego de que Edilson pasara un mes y medio y Norman casi tres meses en un albergue para menores migrantes no acompañados en Houston, ambos fueron enviados con sus familiares en distintas ciudades del noreste de Estados Unidos. Actualmente, Edilson vive con sus tíos y asiste a una preparatoria pública en New Jersey. Norman se graduó del bachillerato y está estudiando y trabajando para ingresar a la universidad en Nueva York. Sus respectivos juicios migratorios están en proceso y ambos reciben acompañamiento de organizaciones de la sociedad civil dedicadas a la representación y defensa legal de niñas, niños y adolescentes migrantes. Su valentía y capacidad de aferrarse a su sueño de llegar a Estados Unidos para intentar una nueva vida es signo de la enorme capacidad de resistencia y rebeldía frente a regímenes de violencia y opresión que intentan someterlos a una vida de vulnerabilidad y precariedad a la que los gobiernos de la región ofrecen pocas o nulas alternativas. En un contexto como el actual, en el que se han construido tantas barreras al derecho a migrar, las historias de Norman y Edilson nos muestran que la hospitalidad y la solidaridad siguen siendo potentes espacios y herramientas para la resistencia, la esperanza y la emancipación. 

Niñas, niños y adolescentes migrantes en tránsito por México

Detenciones de menores en 2018

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De detenidos son del "triángulo norte"

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Son niñas y niños no acompañados

Detenciones en México

Estadísticas presentadas por el INM y la Segob en 2016 y 2018 muestran que se ha dado un aumento sostenido en el número de casos de detenciones y deportaciones desde México de niñas, niños y adolescentes (NNA) menores de 18 años desde 2010, este fenómeno experimentó un aumento récord en 2014, al pasar de 9,630 casos en 2013 a un total de 23,096. Esto es un aumento de 140%. En 2015 la cifra creció hasta alcanzar los 38,514 casos, un aumento de 66% según las cifras oficiales. En 2016 también se volvió a dar un aumento que llegó a los 40,114 casos, la cifra más alta alcanzada hasta ahora. Esta tendencia se frenó en 2017, cuando descendió a cantidades menores a las de 2014, con 18,300 eventos registrados. No obstante, en 2018 se volvió a dar un repunte en la cantidad de eventos de NNA presentados ante autoridades migratorias, alcanzando los 31,717 eventos (Segob, 2018; Segob, 2016).

Cuál es la situación

Las estadísticas gubernamentales muestran que hasta 2016 los países del llamado “triángulo norte de Centroamérica”, Guatemala, Honduras y El Salvador, representaban 98% del total de menores migrantes extranjeros “presentados” ante las autoridades migratorias mexicanas (Segob, 2016). Durante 2015 el mayor número de NNA extranjeros detenidos por México eran de nacionalidad guatemalteca, mientras que en 2016 la presencia más relevante fue la de los NNA salvadoreños y en 2017, aunque la tendencia fue a la baja, nuevamente fueron los NNA guatemaltecos quienes ocuparon el primer lugar en las estadísticas. En cambio, fue en 2018 que los NNA hondureños superaron a los NNA de otras nacionalidades, pero apenas con una leve diferencia respecto al número de guatemaltecos, con 13,780 y 13,515 casos respectivamente.

Durante 2012 y 2013 se dieron las mayores cifras de NNA viajando no acompañados en su tránsito por México. Esto es sin la compañía de algún familiar o tutor adulto. En ambos años, el porcentaje de NNA que fueron determinados como no-acompañados fue de 54.4% para 2012, y de 58.1% para 2013. Ell nivel más bajo de NNA no acompañados ocurrió en 2018, con un 32.8% del total de NNA extranjeros presentados ante el INM. En casi todos los años, el mayor número de NNA viajando no acompañados han sido guatemaltecos, seguidos por los hondureños.

cómo puedes apoyar

México se ha convertido en un lugar de destino, permanencia a largo plazo y refugio para miles de niñas, niños y adolescentes centroamericanos y de otras nacionalidades. Su derecho a migrar, a recibir ayuda humanitaria y protección internacional debe ser protegido por el estado y la sociedad civil. Es fundamental terminar con la detención migratoria de niñas, niños y adolescentes. Además de esto, tu apoyo es sumamente valioso para sostener a la amplia red de albergues que les brindan ayuda y protección. 

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